De un día para el otro, Martha dejó de hablar. Se sumergió en su mundo cuando tenía 11 años.
La familia Jones se alarmó más aun cuando el médico les dijo que la pequeña estaba perfectamente bien y que no tenía nada en las cuerdas vocales. No sufría ningún trastorno físico que le impidiera hablar.
Martha no hablaba porque no quería.
Hacía un año que la familia galesa había llegado a instalarse en lo que hoy es el Barrio José Fuchs y Martha parecía estar bien.
Una maraña de chismes se tejió en torno a la familia Jones. La variante más trascendental era que la pobre Marthita sufría de un autismo severo, porque su madre la sometía a castigos físicos muy crueles. Otras más fantasiosas eran que la casa estaba poblada por espíritus que asustaron a la niña y le cortaron la lengua. Lo cierto era que el médico de la familia dijo oficialmente que Martha se había asustado, se traumatizó y no hablar era la forma de manifestarlo. Cuando Martha lo supere, volvería a hablar.
Y así la pequeña albina de ojos hielo pasó casi toda su adolescencia sin decir palabra.
Una tarde algunos chicos del barrio se pusieron de acuerdo para hacerla gritar. La agarraron en la esquina de su casa, le tiraron de los pelos y le pegaron bastantes cachetadas. Pero nada. El aire que salía de su garganta y el resoplar de sus llantos se mezclaba con el furioso canto de los pájaros.
Ante este hecho, sus padres decidieron dejar de mandarla al colegio y le prohibieron salir a jugar a la cuadra. Las vecinas se preocuparon por sus hijos y no los dejaron juntarse más con ella. Martha pasó a ser la bicho raro del barrio.
Eran inevitables los susurros de los vecinos, ante aquella señorita vestida siempre de blanco, con una gran capelina que le tapaba la mirada siempre baja, de pelo platino y ojos de un azul blanquecino, era impactante. Los niños le tenían miedo. Y los adultos sentían cierta curiosidad por saber que tan loca se suponía que estaba.
Lo peor era ir a comprar, iba con una notita escrita por el papá o por ella misma y los chicos se burlaban incansablemente. Lo que más le jorobaba era que todos le decían: “Hablá, moga”. Todos sabían que ella podía hablar y no quería.
En una oportunidad el almacenero le dio un chupetín de regalo y ella se molestó tanto que le escupió en la cara, ante el escándalo de las viejas chusmas.
Ahora Martha, aparte de ser muda voluntariamente, era una loca agresiva.
En verdad nadie, ni sus propios padres sabían que fue lo que le pasó. La joven se lo llevaría a la tumba. Su madre no quiso vivir pensando que jamás volvería a hablar con su hija. No la escuchaba, no sabría jamás que fue lo que pasó, no sabría cómo se sentiría. Así que ambos padres hicieron que aprendiera el lenguaje de señas. Con el tiempo los tres pudieron asimilarlo. Si bien Martha nunca manifestó el hecho fundante de su mudez, logró volver a socializar, terminar el colegio y aprender a bordar. Con esto pudo emprender un pequeño negocio. Ella bordaba las cortinas, sábanas, almohadones, servilletas y manteles más elaborados y finos que yo jamás haya visto. Su clientela era muy selecta. Incluso con su arte, pude lucir mi pequeño vestido blanco de Bautismo, cuando tenía apenas un año.
Al cumplir los 50 años, la albina quedó sola. Sus miedos no la abandonarían jamás. El primer día después de la muerte de su padre, soñó lo que siempre temió. Volvió a tener 11 años y fue a la escuela como siempre. Iba correteando y a los gritos, atravesaba el pasaje Avellaneda cuando una mano musculosa la sujetó del cuello. La metieron entre dos hombres a una casa y la ataron a una cama. Le sacaron la ropa y le rompieron todo lo que tenía intacto.
En aquel momento, Martha rogó a Dios no sentir nada, no quería ver lo que el almacenero de su barrio tenía en los pantalones, no quería ser ella, no quería contar lo que le hicieron, ya no quería oler aquellos fluidos, ni quería escuchar esas risas macabras. Ya no existiría. Ella sería otra persona.
La semana pasada fui a la casa de mi abuela, en el Barrio Fuchs.
La abuela estaba en la ventana viendo a la gente pasar y cuando entré, sólo me dijo:
-Ayer murió la Muda Jones…-
-¡Uh! ¿La están velando?-
-No hubo velorio, murió sola- La abuela se incorporó en su silla y con pesadumbre agregó:
-Traé el cognac y sacate una copa- Ella ya tenía la suya en la mano. Yo se como se pone mi abuela cuando alguna mujer de su edad muere… sabe que ella puede ser la próxima.
La abuela volvió a rejuvenecer hacia los años 40 y sosteniendo la copa de cristal entre sus dedos, me contó que Dios a medias le cumplió el deseo a Martha Jones, antes de que pudiera ver algo, se desmayó. No sintió nada. No presenció su propia violación.
-Ese hijo de puta…- La abuela volvió a siglo XXI y sus dedos se arrugaron de nuevo, su voz se marchitó y la copa se puso opaca.
Cuando pude salir del viaje al pasado de la abuela, las dos brindamos por Marthita Jones.
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