jueves 10 de septiembre de 2009

La hija bastarda

Cintia estaba ideada desde antes de su concepción como un perfecto hijo varón. Después del jardín, lo anotarían en una escuela técnica y estudiaría en la facultad de Ingeniería de la universidad. Los tíos, abuelos y amigos inundaron a la familia Pérez con juguetes socialmente establecidos como masculinos y ropas celestes que después se verían grotescas en el cuerpito de la bebé. El primer error de Cintia fue nacer mujer, su persona cagaba la correcta composición de la familia modelo.

La niña creció entre voces unidireccionales que realimentaban el ego, su reinado se terminó a los nueve años, cuando la mamá anunció la llegada de un hermanito. La niña cruzaba los dedos para que otra bebé venga a jugar, pero ahora el robot, el futbol y los autitos ya tenían dueño. La llegada de un hermanito y la mudanza a un barrio nuevo fueron letales para la niña.

Los humos de Cintia fueron apagados con un balde de agua fría. Nada de habladurías, ni llantos, nada de ropa, ahora había que ahorrar y lo peor de todo, compartir.

Ella tomó la costumbre de dirigirse la vida en contra de los gustos y preferencias de su madre. Llevarle la contra era una diversión que disfrutaba mucho… tanto, que se aguantaba las consecuencias. Una contestada significaba ser la única comensal en no tener helado e irse a dormir sin mirar dibujitos. ‘Llevate una campera’ significaba cuantiosos mocos recorriendo una naricita marchita. Callarse la fiebre era algo estratégico y también trajo sus consecuencias a largo plazo. Amaba que ella la viera con malestar y le diga: ‘Seguro que te estas haciendo, te vas igual’ y aguantarse todo el colegio para luego tener que ir a la guardia del hospital con 40 de fiebre y faltar por 3 días.

Lo peor de la situación era que Georgina, la madre, contestaba con testarudez casi tan infantil que la propia hija. Se declaró así, una guerra implícita en la casa. Todo estaría bien, mientras las batallas no fueran demasiado duras.
Pero si lo fueron. Hasta que una noche todo estalló. Madre e hija se odiaron mutuamente en la cocina. Cintia terminó con rasguños en la panza, seguido con una sarta de potentes trompadas en los pechos y en la cara.

-Desde que estabas en la panza me hiciste sentir mal-
-Ya lo sabía, me lo decís todos los días-

Georgina concentró todas las amarguras de su vida en los brazos y estranguló a su hija. Entre pataleos y gritos, la chica decidió no defenderse. Era la excusa perfecta para nunca más volver. Cintia no era ninguna santa, cuando ya no pudo respirar, la alejó sin esfuerzo arrancándole un mechón de cabello rubio. Cuando eso pasó, Georgina agarró un tenedor de la mesada y lo clavó sin piedad en el brazo izquierdo de Cintia. Eso marcó el fin de la enfermiza relación.

En contadas ocasiones la adolescente tuvo la intención de hacer las paces, pero no sabía como hacerlo. De todas maneras, la madre no la tomaría en serio realmente.

Cintia se fue de la casa con el primer salame que encontró, y aunque al principio la pasó mal, pronto se amoldó a no hacer gastos y curtirse. Construir una vida propia. Otra vida que no incluía a su madre, sólo a sus hermanos y a su padre que la visitaban una o dos veces al año.






Una adulta Cintia se bajó del auto y observó la casa a la nunca había vuelto. Su antigua casa. Hacía más de 14 años que no había estado ahí. Ni siquiera para las fiestas.
A cada paso se miraba reflejada en el vidrio de la puerta y se lamentaba de los años perdidos, de los sobrinos que nunca disfrutó, de los cumpleaños, Navidades y Años Nuevos que no festejó y de las disculpas que nunca pidió.
Se dio cuenta de que fue presa de un orgullo sin fundamentos y que se estaba liberando en ese momento, cuando ya no valía la pena.

Un chico alto abrió la puerta sin darle tiempo a prepararse para golpear. Era su sobrino.
-¡Eh! ¡Es la tía! ¡Mamá!- Su hermana mayor se acercó con un bebé en brazos y se sorprendió al verla. Cintia todavía estaba desconcertada. Ambas se miraron y se abrazaron. La mayor le susurró al oído un secreto.
-Pensé que no venías, estás cambiada, che-
-¿Cómo se llama esta hermosa bebé?- Dijo la menor tratando de evadir la conversación.
-Se llama Cintia- Sonrió dándole la sorpresa- Pasá, que quiero que conozcas a mi marido, ¿Qué querés tomar?-
-¿Le pusiste Cintia como yo?- Ella miró a su alrededor sin poder creerlo.
-Si, fue idea de mamá…-


Era desconcertante, Cintia no podía creer que la vieja haya hecho eso. Ciertamente hacía mucho que no la veía. Es más, no fue ni al funeral de su padre para no tener que aguantar nada. Hizo la pregunta del millón entonces.

-¿Vino?-
-Más vale que está acá, es su casa.
Se dio vuelta y ahí estaba su mamá.

Cintia no quiso mostrar debilidad, así que evitó hablar para evadir el llanto.




-¿Cindy, sos vos?- La vieja tanteó el aire con las manos, vestía un pañuelo en la cabeza y tenía ojeras por las quimioterapias. Estaba vieja y flaca. Estaba débil. Esa vieja desconocida que le hablaba era su madre y se estaba muriendo. Su mamá se estaba muriendo y era casi seguro que su deterioro era culpa de ella. Se sintió la peor mierda del mundo cuando la vieja se acercó con la dificultad de un perro viejo a saludar a su dueño.


Sólo un suspiro entrecortado y las lágrimas se le escaparon de los ojos.


La vida le pegó en la herida. Su vida le pegó el tenedor en donde más le dolería: su mamá. No se esperaba eso. Sólo esperaba que su madre estuviera como siempre, nada más que más vieja. Que siguiera con los pelos rubios que tanto odiaba, por eso ella se los teñía de negro. Que tenga los brazos fuertes que la estrangularon cuando joven, no esos huesos con la piel colgando. Que tenga la mirada enérgica que la intimidaba, no esos halos apagados que miraban hacia ningún lugar.



Ella no quería eso.



La madre estiró los brazos y Cintia se calzó en ellos sin entender que era todo eso.



-Cindy…
perdoname... yo no sé...
en que momento...
te perdí…-



Cintia lloró.


Un mes después de aquella visita, la madre murió, y lo cierto es que en el testamento de la familia, Cindy no figura como heredera. Pero cuando fue al ginecólogo y la médica le preguntó si tenían antecedentes de cáncer, la paciente respondió:

-Si, mi mamá-


jueves 13 de agosto de 2009

Creer

Cuando el viejo miró a las nubes, la vieja no las vio. Ella vio algo más que eso, y es más, lo escuchó.

-¿Escuchaste eso?-
-¿Qué cosa? No escuché nada…-

Las iris de la vieja se dilataron cual Gato con Botas. El mundo desde la terraza cobró vida.

En medio de las sábanas colgadas, adentro de la casa, en la pelopincho de verano de las nietas. Miró más allá de la cabeza del viejo que miraba la revista de chimentos y los descubrió saliendo del almacén, fumando un cigarrillo y hasta paseando al perro.
Todos estaban en peligro quizás sin saberlo, hasta Carlín Calvo y su familia; la hija mayor de Maradona y su novio; la Reina del Pop y Flor de la V en París.

Observó a su alrededor y solo pudo creer.

La vieja dijo en voz muy baja:

-Están por todas partes-

El viejo levantó una ceja y posando la revista en su regazo contestó:

-Claro que si…-




Gracias a Gabriela y Eber por una producción digna de este blog.

miércoles 15 de julio de 2009

La historia de Martha Jones

En simultáneo con Tan lou fai.

De un día para el otro, Martha dejó de hablar. Se sumergió en su mundo cuando tenía 11 años.


La familia Jones se alarmó más aun cuando el médico les dijo que la pequeña estaba perfectamente bien y que no tenía nada en las cuerdas vocales. No sufría ningún trastorno físico que le impidiera hablar.

Martha no hablaba porque no quería.

Hacía un año que la familia galesa había llegado a instalarse en lo que hoy es el Barrio José Fuchs y Martha parecía estar bien.

Una maraña de chismes se tejió en torno a la familia Jones. La variante más trascendental era que la pobre Marthita sufría de un autismo severo, porque su madre la sometía a castigos físicos muy crueles. Otras más fantasiosas eran que la casa estaba poblada por espíritus que asustaron a la niña y le cortaron la lengua. Lo cierto era que el médico de la familia dijo oficialmente que Martha se había asustado, se traumatizó y no hablar era la forma de manifestarlo. Cuando Martha lo supere, volvería a hablar.
Y así la pequeña albina de ojos hielo pasó casi toda su adolescencia sin decir palabra.
Una tarde algunos chicos del barrio se pusieron de acuerdo para hacerla gritar. La agarraron en la esquina de su casa, le tiraron de los pelos y le pegaron bastantes cachetadas. Pero nada. El aire que salía de su garganta y el resoplar de sus llantos se mezclaba con el furioso canto de los pájaros.
Ante este hecho, sus padres decidieron dejar de mandarla al colegio y le prohibieron salir a jugar a la cuadra. Las vecinas se preocuparon por sus hijos y no los dejaron juntarse más con ella. Martha pasó a ser la bicho raro del barrio.
Eran inevitables los susurros de los vecinos, ante aquella señorita vestida siempre de blanco, con una gran capelina que le tapaba la mirada siempre baja, de pelo platino y ojos de un azul blanquecino, era impactante. Los niños le tenían miedo. Y los adultos sentían cierta curiosidad por saber que tan loca se suponía que estaba.

Lo peor era ir a comprar, iba con una notita escrita por el papá o por ella misma y los chicos se burlaban incansablemente. Lo que más le jorobaba era que todos le decían: “Hablá, moga”. Todos sabían que ella podía hablar y no quería.
En una oportunidad el almacenero le dio un chupetín de regalo y ella se molestó tanto que le escupió en la cara, ante el escándalo de las viejas chusmas.

Ahora Martha, aparte de ser muda voluntariamente, era una loca agresiva.

En verdad nadie, ni sus propios padres sabían que fue lo que le pasó. La joven se lo llevaría a la tumba. Su madre no quiso vivir pensando que jamás volvería a hablar con su hija. No la escuchaba, no sabría jamás que fue lo que pasó, no sabría cómo se sentiría. Así que ambos padres hicieron que aprendiera el lenguaje de señas. Con el tiempo los tres pudieron asimilarlo. Si bien Martha nunca manifestó el hecho fundante de su mudez, logró volver a socializar, terminar el colegio y aprender a bordar. Con esto pudo emprender un pequeño negocio. Ella bordaba las cortinas, sábanas, almohadones, servilletas y manteles más elaborados y finos que yo jamás haya visto. Su clientela era muy selecta. Incluso con su arte, pude lucir mi pequeño vestido blanco de Bautismo, cuando tenía apenas un año.

Al cumplir los 50 años, la albina quedó sola. Sus miedos no la abandonarían jamás. El primer día después de la muerte de su padre, soñó lo que siempre temió. Volvió a tener 11 años y fue a la escuela como siempre. Iba correteando y a los gritos, atravesaba el pasaje Avellaneda cuando una mano musculosa la sujetó del cuello. La metieron entre dos hombres a una casa y la ataron a una cama. Le sacaron la ropa y le rompieron todo lo que tenía intacto.
En aquel momento, Martha rogó a Dios no sentir nada, no quería ver lo que el almacenero de su barrio tenía en los pantalones, no quería ser ella, no quería contar lo que le hicieron, ya no quería oler aquellos fluidos, ni quería escuchar esas risas macabras. Ya no existiría. Ella sería otra persona.

La semana pasada fui a la casa de mi abuela, en el Barrio Fuchs.
La abuela estaba en la ventana viendo a la gente pasar y cuando entré, sólo me dijo:
-Ayer murió la Muda Jones…-
-¡Uh! ¿La están velando?-
-No hubo velorio, murió sola- La abuela se incorporó en su silla y con pesadumbre agregó:
-Traé el cognac y sacate una copa- Ella ya tenía la suya en la mano. Yo se como se pone mi abuela cuando alguna mujer de su edad muere… sabe que ella puede ser la próxima.

La abuela volvió a rejuvenecer hacia los años 40 y sosteniendo la copa de cristal entre sus dedos, me contó que Dios a medias le cumplió el deseo a Martha Jones, antes de que pudiera ver algo, se desmayó. No sintió nada. No presenció su propia violación.

-Ese hijo de puta…- La abuela volvió a siglo XXI y sus dedos se arrugaron de nuevo, su voz se marchitó y la copa se puso opaca.

Cuando pude salir del viaje al pasado de la abuela, las dos brindamos por Marthita Jones.

¿Quiere leerlo de nuevo? Por favor entre aquí.


viernes 26 de junio de 2009

Andá, que yo me quedo

Ramiro se levantó de su corta siesta y se fue al baño. Se observó en el espejo y no supo que pensar. En su celular sonó el polifónico de ‘Henry Lee’ casi entero, hasta que por fin se dignó a contestar.

-¿Yas estas listo?-
-Ya voy-
-A las cuatro ya vienen los de la cooperativa-
-Bueno ya voy-

El joven se volvió a mirar al espejo y decidió no pensar más. No sabía como sentirse. Estaba cansado, quería dormirse y no despertar en una semana.

Le metió whisky a su café para tratar de cobrar algo de vida y en el kiosco de su barrio compró un Speed y cigarrillos. ‘Henry Lee’ sonó nuevamente, pensó que era su madre de nuevo, pero se encontró con la vocecita de su frágil hermanita.

-¿Rami, me podrías comprar agua y chicles?-
-Dale ¿Qué no tenés más crédito?-
-Ah no… vino Claudia-
-¿Eh?-
-Que Claudia está preguntando por vos, vení rápido-

Las cosas no podían empeorar más.

En el taxi se calzó los auriculares y se olvido de todo por un rato.

Llegó y se encontró con todos sus amigos del secundario. Hace poco que se había egresado así que le pareció grato que se solidaricen por él. Su mejor amigo estaba hablando con su mamá, cuando lo vio a lo lejos se acercó lo más rápido que pudo.
No hablaron, Gerardo solo lo abrazó y Ramiro de nuevo no sabía como sentirse.

-¿Ya lo trajeron?-
-Si, ya está todo armado. ¿No necesitas nada?-
-Quedate tranquilo, estoy bien, solo quiero que me ayudes con mi vieja y Juli. Por si se desmayan o algo-
-Si todo bien. Juli está muy fría, deberías estar con ella-
-Si, gracias Gerardo-

Gerardo se puso serio. No era propio de Ramiro agradecer. Ni tampoco obedecer, se sorprendió cuando se fue con su hermanita a hablar.

-¿Cómo estás?-
-…-

La niña solo miró al frente con el mentón alto y alzó los hombros como si nada le importara.
-Sos igual de tonta que él- Julieta lo miró enojadísima y entonces no se contuvo y lo abrazó. Puso la cabeza en el regazo de su hermano y mirando el cajón color cedro lloró un largo rato. Ramiro le entregó el agua y los chicles.
-¿Por qué estás tan amable conmigo?- La fina voz de Julieta se introdujo en el pecho de Ramiro, haciéndole bastante daño.
-Bueno, ahora que ya no está, te tengo que cuidar yo ¿No?-

Se hizo la hora y Claudia no se animó a arrimarse para hablar. Los de la cooperativa llegaron. El chico observó el coche fúnebre afuera y miró a su mamá que miraba a la nada. Estaba tan desconcertada como empastillada.

Ramiro contempló un largo rato el rostro blanco de su padre y se puso a pensar en la infancia que le había tocado. Se acordó de las retadas con una risa y cuando lo iba a buscar al jardín. Cuando se fueron de campamento con el curso y él tocó la guitarra en el fogón. Cuando se divertían los dos en las aburridas misas de la iglesia a costa de su madre. Por alguna razón desconocida no recordó las cosas más feas.

Cuando despertó de sus pensamientos, Gerardo lo agarraba del brazo para indicarle medio a la fuerza que ya era hora de terminar con todo eso.

A Ramiro le dio mucha indignación que todo pasara tan rápido. No se acordaba de nada. Prendió un cigarrillo y tomó el resto de agua de Julieta. Le preocupó que su hermana hubiera derramado pocas lágrimas. Su madre en cambio ya había llorado demasiado. Miraba extasiada y lista para lo peor.

El peso del cajón sobre su hombro no fue nada y cuando menos lo pensó, Gerardo lo dio vuelta para indicarle que el funeral era para el otro lado.

¿Cómo pudo morir tan de repente? ¿Cómo pudo pasar eso? Dos tipos vestidos con mameluco y armados con palas de jardín empezaron a partir la tierra. Todo se hizo más confuso. La gente gritaba y veía a su madre en las nubes que lloraba de nuevo. Viejos compañeros de la escuela lo acompañaban silenciosos tras él. Sus abuelas lloraban con las pocas fuerzas que les quedaban. Todo transcurría tan tranquilo y tenue que se golpeó duramente con la realidad cuando la pequeña Julieta empezó a gritar.

-¡No! ¡Ése es mi papá...! ¡No lo toquen...! ¡No lo entierren! ¡Pará hijo de puta!- La niña hizo frente al sepulturero.
-Ramiro…- Gerardo agarró a la niña que gritaba y lloraba sin parar.
Ramiro se dio cuenta donde estaba y de que al que enterraban era su padre. Ante su falta de tacto procedió a agarrar torpemente a su hermanita que luchaba entre los brazos de Gerardo, sin decir palabra. La niña ya hablaba por él.
-¡¿Porqué se murió?! … ¡Quiero que esté vivo! ¡Quiero que esté vivo!- La tierra ya estaba por la mitad de la fosa y Julieta todavía insistía en sacar el ataúd de ahí. El chico sólo atinó a sostener los bracitos de la niña, sin decir nada. Vio a Claudia que lo miraba llorando y la evitó.
-¡No! ¡Ramiro saquémoslo de ahí!- Julieta se volvió hacia su hermano y este se conmovió por las lágrimas furiosas que emanaban del espíritu de su guerrera hermana. Se arrodilló para estar a su altura. Entonces la versión original de ‘Henry Lee’ sonó en el celular de Ramiro en medio del silencio de la tarde soleada.



‘Henry Lee’ le puso la piel de gallina.

Si la furia de esa canción maldita sonaba sólo podía significar una cosa.

Que su papá estaba vivo. Y que además lo estaba llamando.

Porque el original ‘Henry Lee’ era el ringtone de su papá…

Ese fue el peor detonante que Dios le pudo haber enviado. Recordó a su padre. Se sintió vacío y pequeño. Se sentó en el piso y se puso a llorar como el niño que aún era. Vio como la tierra se agolpaba en la fosa hasta ser cubierta de flores y lloró a los gritos.

A lo lejos, Claudia se iba del cementerio. En medio del silencio matinal, dos aullidos de hijos sin padre en forma de llantos furiosos la asustaron. Sintió culpa de irse sin despedirse, pero lo hizo de todas maneras.

Julieta se fue primera con su mamá y así lo hicieron todos sucesivamente. Hasta que Ramiro quedó solo con la tumba. Se agachó levemente, miro el cartel negro con letras blancas y dijo su secreto en voz no demasiado alta sintiéndose terriblemente feliz:

-Por fin estás muerto y enterrado… hijo de puta…- Volvió con la multitud llorando. Y por dentro tarareaba el 'La, la, la, la, la' de la canción de su celular que ya llegaba a su fin.

viernes 12 de junio de 2009

Sobreviviendo al impacto

Aquel viejo panzón se dio vuelta hacia Nahuel, el más chico.
-Para mañana tenemos empanadas de sombreritos…- Su gruesa voz resonó en la cocina.
El niño lo miró ingenuamente y se puso feliz. Las empanadas de sombreritos eran lo mejor.
-Y adivina que…-
-¿Qué?- La sonrisa del niñito se acentuó.
-Nos faltan los sombreritos… así que vayan mañana temprano-

Con mucha expectativa, Nahuel y sus dos hermanos Uriel y Fabián, se encaminaron hacia lo alto del Balcón del Paraíso. Iban escoltados por Brisa, la cachorra siberiana. Lo mejor era la ida porque caminaban libres de carga. Uriel, iba adelante junto con Nahuel y Fabián y Brisa los seguían sin apurar el paso. Los caminos a la playa eran bastante entretenidos, siempre se encontraban cosas interesantes para hacer: cazar lagartijas, tirar piedras al infinito y carreras, en todas esas cosas los aullidos de la perra avivaban a Nahuel. Uriel recuerda hasta el polvo que levantaba aquella noble cachorra gris, entre los matorrales y el calor seco. Ella sacaba la lengua y hurgaba juguetona entre los arbustos. Todo era tan brillante que los cuatro parecían pegados en una postal de turismo del Cerro Chenque.

Bajaron los cuatro correteando por el Infiernillo, aterrizando en la estación de Servicio Eureka, ubicada en pleno Chenque, cerca del Chalet Huergo.
Como Nahuel era muy chiquito Uriel, como hermano mayor tomó la decisión de pasar por el túnel que une el Cerro Chenque con la playa sin pasar por la ruta. Los autos nunca frenarían si el pequeño o Brisa se interpusieran en el camino. El túnel los escupió justo en el sanjón de bienvenida a la playa. Ahí había botellas de whisky, bolsas de plástico, preservativos usados y latas de cerveza desgastadas por el sol.
Los cuises que vivían ahí los espiaban a sus espaldas. El olor de los matorrales secos penetró en las fosas nasales de los animados pibes. La caminata era pesada pero valía la pena.
Fabián sacó las bolsas de nylon que traía en su mochila y la red por si había cornalitos en algún pozón.
Se pusieron en fila para pasar el último y más peligroso paraje y una vez en la cima de los precipicios, ya se encontrarían a salvo. La altura sobrepasaba los 10 metros y todo resultaba peligroso. Incluso para Brisa.

-Llegamos-
Ambos se asomaron a aquel precipicio que los mareaba. El mar furioso golpeaba la orilla bien al fondo, allí, donde los pescadores se veían como pequeñas hormigas expuestas a que los humanos las pisen.
-¿Vamos al otro?-
-Si… dale-
Se asomaron, Uriel esperó ver la marea baja, lista para extraer aquellos frutos de mar. Se acordó de las empanadas de sombreritos y se entusiasmó. Nahuel apoyó el pecho en el piso dejando la cabeza al descubierto en las alturas. Si se quedaba parado, era capaz de caerse. Fabián en cambio tenía más seguridad en si mismo y no se mareaba. Esperó a Uriel y las bolsas, bien parado en la orilla del precipicio, sin inmutarse.

-¡Mira!- Fabián apuntó a lo lejos hacía abajo, hacia la parte verde de la marea baja. Nahuel miró siguiendo el hilo imaginario que salía del dedo de su hermano.

Finalmente Uriel se asomó y la vio.

La vio.

-¡Uh! Mirá, hay una mina re en pedo ahí- Fabián reía y su voz resonó en aquel precipicio. Nahuel, no dijo nada y miró a su hermano mayor sin parpadear.
La chica estaba ahí, en la soledad de la playa. El sol le hacía brillar el cabello oscuro, tieso y largo. Tenía los brazos extendidos a sus costados, como abrazando el cielo. Cayó de espaldas, sobre una roca de poco volumen. Sus ojos estaban desorbitados y estaba a punto de llorar.

Uriel la miró para asegurarse de que no estaba imaginando cosas.
Nahuel se tapó la boca y los ojos con las manos.
El silencio reinó.

El mayor pensó que las personas se veían como hormigas desde aquella altura. Pero pudo ver con claridad los rasgos de aquella chica. Era joven. Y tenía los ojos abiertos.
El menor pensó que aquellos ojos que miran al cielo azul y blanco con las espesas nubes y sus pájaros, no descansaban en paz. No. El del medio se sintió tonto al pensar y afirmar que auténticamente esa mujer estaba durmiendo ebria.
Ella no era flaca, ni tampoco gorda. Vestía una campera y unos jeans claros. Juntos, el mayor, el menor y el del medio se dieron cuenta que el impacto de la caída con el musgo de la marea baja, hizo que unos de sus zapatos leñadores se le saliera, volara por los aires y cayera a unos metros del cuerpo.
Nahuel se agitó y observó las rocas gigantes que había al final de ese acantilado. Se horrorizó. Le dolió el estómago. Fabián contempló las piernas de la chica, levemente flexionadas y bajó la mirada hacia el suelo. Uriel notó que la mujer estaba mojada en la entrepierna, y se dijo a él mismo que si cayera por ahí alguna vez, seguramente haría lo mismo.

-¿Qué vamos a hacer?- Fabián comenzaba a asustarse. Primero decidieron hacerse los tontos. Pero se fijaron que había algunos pescadores merodeando a lo lejos.
-Seguro que ni la vieron- Uriel decidió.
-Seguro que fueron ellos- Fabián deliberó. Nahuel levantó la mirada rápidamente y Brisa lo percibió. La paranoia se apoderó de ellos por un rato. Uriel decidió no bajar y volver al puente que daba con la ruta, con la esperanza de que el hijo de puta que había hecho eso no se topara con ellos.
Fabián no quiso ir de nuevo por el Chenque, alguien podía matarlos. Nadie quiso exponerse. Nahuel agarró un cable en el túnel y lo rodeó sobre el cuello de la ahora asustada siberiana gris. No tenía experiencia en andar en la calle todavía.
Tan pronto como se adentraron al costado de la ruta, el conductor de una camioneta desfiló pesadamente delante de ellos y los miró sugerentemente. Uriel lo recuerda muy bien. Los ojos de ese tipo hicieron que lo atacara un miedo monstruoso.

Bordearon la ruta sin hablar, tenían demasiado miedo. Sólo se escuchaba el ruido de los autos pasando salvajemente, los lloriqueos de la cachorra y el resoplar de Nahuel, quien intentaba aguantarse el llanto, era demasiado par un niño de 9 años como él.
Una vez en el centro de la ciudad, fueron al trabajo de Darío, su hermano mayor. Le contaron lo que sucedió y éste no les creyó. Era desesperante. Darío se preocupó y después de cerciorarse de que esa mujer de la que sus hermanos le hablaban no estaba durmiendo o borracha, llamó a la policía; ante el horror de Fabián, quien pensaba que los culparían a ellos. El hecho en sí le parecía demasiado sospechoso.

Esa misma tarde, el descubrimiento de los chicos fue reafirmado y anunciado efímeramente en el final un programa de radio. Nada de nombres. Nada en las noticias. Nada en los diarios. La policía no llamó a Darío como prometió para informarle que pasaría con lo que vieron sus hermanos.

La familia no comió empanadas de sombreritos esa tarde, ni tampoco durante algunos años. Los chicos no volvieron a la playa nunca más. El miedo duró alrededor de un mes. En ocasiones Uriel soñó a su madre y a su hermana dormidas en la misma posición que el desencajado cuerpo de la mujer, con los brazos extendidos al cielo, la larga cabellera oscura desparramada a su alrededor y el cuello desplazado de su lugar. El miedo monstruoso volvía y el corazón le latía demasiado rápido.

Nota: Aunque esta historia es la continuación de Bienvenida al Pucca Club! los acontecimientos son reales. Ocurrieron hace más de 10 años.

martes 19 de mayo de 2009

El enojo gratis de la naturaleza

María Luz era la gritona. Venía desde la esquina con sus botas taco alto, divertida y extrovertida. Sebastian venía junto con ella. Ambos llevaban porrones de verde en las manos y venían bastante borrachos. Se habían conocido en un pub hace algunos fines de semana. Eran las 5 de la mañana, y no querían terminar la noche todavía.

María Luz estaba en cuarto año de contadora pública en la universidad. Sus viejos la bancaban desde Santa Cruz. En general era una buena chica, aunque la mayoría de sus compañeras no la soportaban, era pretenciosa, egoísta y de cabeza increíblemente cerrada para su corta edad. No tomaba mate porque creía que la saliva contagia el Bacilo de Koch, no tomaba agua de la canilla porque estaba sucia, no iba a las reuniones con las amigas porque no quería comer porquerías y demás mariconadas.

A los ojos de María Luz, Sebastian era lo más croto del mundo. Pero muy atractivo. No sabía porqué Sebastian se había fijado en ella. Quería averiguarlo.

-Che, esta birra está re buena…-

-¿Viste? Yo te voy a educar para que aprendas a tomar, nene… cuando estás conmigo nada de Quilmes…-

-¿Palermo tampoco?-

-Bien fría zafa, pero no se…-

A María Luz le fascinaba que Sebastian no prestara atención a su complejo de chica posesiva y mandona. Él era bueno.

-¿Tomamos un remís?-

-¿Tan rápido me querés fletar?- María Luz hacía pucherito.

-No nena… pero mañana tengo que trabajar…- Sebastian no sabía que pretendía la princesa ahora.

-Y no vayas nada…- María Luz lo miró hablándole en serio.

-Bueno, pero con una condición- Sebastian prendió el cigarrillo haciéndose el interesante.

-Que ¿Me vas a pedir que te ruegue?-

-No… no soy como vos, no necesito eso-

-¿Y que necesitas?-

-Rompé esa vidriera y yo falto mañana y hago todo lo que vos quieras. Seré tu esclavo todo el finde, baby…- Sebastian se preparaba para irse a pata a su casa después de deshacerse de la princesita ególatra. Empezó a caminar solo por la Rivadavia. No tenía tiempo de boludeces y menos de darse el lujo de faltar por una chica que no le iba a dar nada.

Cruzó la calle y dejó el porrón en el piso. Antes de ponerse los auriculares sintió el gran estallido de vidrios en plena avenida Rivadavia. Los autos con sus choferes y pasajeros borrachos de la noche comodorense festejaron el disturbio.

Sebastian estaba estupefacto todavía con las manos en los oídos, un ruido familiar se oyó a lo lejos. Escupió el cigarrillo y corrió de nuevo hacia María Luz, quien lo miraba con cara de triunfadora.

-¡Lo hiciste desgraciada! ¡No puedo creerlo!- Sin dejar de correr agarró a su princesa de la mano y la arrastró antes de que la cana llegara.


Se fueron los dos juntos. Sebastian cumplió con el trato y no se arrepintió.


Sambá se encontró con la sorpresa, se instaló con su puesto de bijou y su maletita, como siempre.

-¿Quién ha hecho esto a su ventana?- Preguntó al dueño del comercio.

-Pendejos de mierda, Sambá-Estaba alterado. Totalmente colorado. Tenía una bandeja de facturas y las comía sin remordimiento. Le ofreció una a Sambá

-No querés, gracias-

-No seas así negrito, agarrate una factura, ahora traigo unos mates- Sambá rió y aceptó una de dulce de leche, exquisita. Siempre temió que el dueño de la esquina lo echara, pero eso nunca pasaría. Era sábado a la mañana y todo estaba muerto. Había un poco de sol, para reconfortar el mal sabor de los vidrios rotos.

El viejo salió con un escobillón, y empezó a barrer los restos de vidrios.

-Los de la alarma me llamaron a las 6 de la mañana-

-¿Está acá desde esta hora?-

-Si che, una mierda, jajaja- Rió mientras sacaba un sorete de algún perro.

-Yo poder ayudar al señor-

-Nah, ya fue…, pero haceme un favorcito, negro-

-Lo que usted quiera-

-Andá a comprar más facturas…-


En el camino Sambá levantó el porrón de Heineken medio lleno que yacía en la vereda. A media cuadra había otro similar, eran los únicos. Era suficiente.


El lunes a la tarde Sebastian llegó a su casa totalmente destruido. Pensó en su fin de semana y no podía dejar de sonreírse a sí mismo. Su hermano menor lo miró algo sorprendido.

-¿Qué te pasó?- Preguntó el pequeñín. Sebastian lo ignoró y pensó que su cansancio era un mal necesario. La princesa, era una verdadera princesa con todas las letras… y pensar que casi la dejo ir…


A Sambá lo criaron como un pescador, entre las Islas Salomón, Oceanía. Desde niño le enseñaron a honrar a los espíritus y a practicar fielmente su religión. Vaya donde vaya. En cualquier lugar, debía rendirle el culto a su manera. La tradición dice que se debe invocar ayuda a través de los espíritus.


Sebastían recibió un mensaje:


“Kmo llegast? Jaj!”

“Bien y vs kmo kedaste?”

“Comganas d k vengas de nuev :)

“Ya voy a ir no t preocupes princesa!”


Al joven Sambá jamás se le hubiera ocurrido pedirles a los espíritus que le hagan daño a alguien, pero tampoco creía que pudiera vivir tranquilo sin la protección de su tierra. Él podría ser el próximo, estaba más que claro. Recordó que sus antiguos vecinos sentían mucho cariño por los espíritus benevolentes.


“Sebas, sabés k?”


-Buenos días señor…-

-¡Negrito! ¿Todo bien?-

-Si, quería preguntar si sabe ya quien hizo eso a su ventana-

-No… pero la policía no hace nada, hice la denuncia pero viste…-

-Ellos son los que sangran de por vida- Sambá se puso serio, en cambio el dueño…

-No hablés huevadas Sambá, vamos a tomar unos mates….


“K princess?”

“Voy mañ al médic, no puedo parar d menstruar”


Mientras Sebastian contestaba el mensaje, su hermano se asustó y gritó por toda la casa.

-¡¿Sebas que te pasa?!- Sebastian lo miró sin entender.


El oído de su hermano había empezado a sangrar.


martes 21 de abril de 2009

Los Vicios en La Plata

29 de Marzo de 2009.
El Teatro.
La Plata

Mucho calor. Insoportable, aquella señora llamada Stella Artois no estuvo a la venta. Porquería.
La carta plastificada sirvió de abanico. A pesar de estar a más de mil kilómetros de Comodoro, divisé a los mismos de siempre y me deprimí mucho.

Algunos pibes de gruesas gafas indies, criticaron a las bandas soportes.

-Como que no shuena mucho…-.

Me entretenía viendo a los fantasmagóricos pendejos. Gesticulando soberbiamente cual viejas a la hora del té.

Que aburrimiento lareputaquemeparió

Putié en silencio a una chica distraída que me pisó. La recuerdo por su cámara de fotos profesional. Miré mi cámara pedorra y aquel resentimiento de secundaria revivió. Siempre me pongo así en las vacaciones, soy bien turra, además de pelotuda.
Calor, calor.
-Ahh si, desde el año pasado vienen amenazando con un aire acondicionado- La muchachita nos dejó la Quilmes y se disculpó. Nos miré a todos y éramos los más transpirados. Aunque horrible la birra, pasó como agua.

-Vamos a hacer otro tema…- ¡No!

Estaba tan ocupada quejándome de todo y de todos que no escuché cuando Titín Naves se subió al escenario y dijo:

“Besaré… las humedades de tu cuerpo
y tu boca,… de muerte…
Y tu cuerpo… derrumbándose, besaré…

Automáticamente me levanté y reviví. Me olvidé de los ahora sorprendidos intelectualoides pendejos.

“Apocalíptico carnaval devorador de tus sueños

Apocalíptico carnaval devorador de tus sueños…

Como la gente se mandó adelante, me colé con ellos. Creo que la banda estaba un poco nerviosa.

“Ensombrecidos
por un mar de saliva y sangre

Clandestino

Pogo, una bandera de Comodoro Rivadavia y muchos coros. Decididamente fue bueno, más de lo esperado. Al parecer los pibes de la ciudad del viento hacemos aguante.

“Morderé…
con la bronca que le sobra a este cuerpo…

La primera vez que los veo en vivo.

“Clandestino.
…Clandestino.
Clandestino,
Clandestino…”


Les dejo Pájaro Negro (Alakrán Márquez y Shaman Herrera en guitarras y Marcos Azocar en la trompeta), se ve mal y se escucha mucho peor.




Esa que dice “Bravooo” al final soy yo.