miércoles 15 de julio de 2009

La historia de Martha Jones

En simultáneo con Tan lou fai.

De un día para el otro, Martha dejó de hablar. Se sumergió en su mundo cuando tenía 11 años.


La familia Jones se alarmó más aun cuando el médico les dijo que la pequeña estaba perfectamente bien y que no tenía nada en las cuerdas vocales. No sufría ningún trastorno físico que le impidiera hablar.

Martha no hablaba porque no quería.

Hacía un año que la familia galesa había llegado a instalarse en lo que hoy es el Barrio José Fuchs y Martha parecía estar bien.

Una maraña de chismes se tejió en torno a la familia Jones. La variante más trascendental era que la pobre Marthita sufría de un autismo severo, porque su madre la sometía a castigos físicos muy crueles. Otras más fantasiosas eran que la casa estaba poblada por espíritus que asustaron a la niña y le cortaron la lengua. Lo cierto era que el médico de la familia dijo oficialmente que Martha se había asustado, se traumatizó y no hablar era la forma de manifestarlo. Cuando Martha lo supere, volvería a hablar.
Y así la pequeña albina de ojos hielo pasó casi toda su adolescencia sin decir palabra.
Una tarde algunos chicos del barrio se pusieron de acuerdo para hacerla gritar. La agarraron en la esquina de su casa, le tiraron de los pelos y le pegaron bastantes cachetadas. Pero nada. El aire que salía de su garganta y el resoplar de sus llantos se mezclaba con el furioso canto de los pájaros.
Ante este hecho, sus padres decidieron dejar de mandarla al colegio y le prohibieron salir a jugar a la cuadra. Las vecinas se preocuparon por sus hijos y no los dejaron juntarse más con ella. Martha pasó a ser la bicho raro del barrio.
Eran inevitables los susurros de los vecinos, ante aquella señorita vestida siempre de blanco, con una gran capelina que le tapaba la mirada siempre baja, de pelo platino y ojos de un azul blanquecino, era impactante. Los niños le tenían miedo. Y los adultos sentían cierta curiosidad por saber que tan loca se suponía que estaba.

Lo peor era ir a comprar, iba con una notita escrita por el papá o por ella misma y los chicos se burlaban incansablemente. Lo que más le jorobaba era que todos le decían: “Hablá, moga”. Todos sabían que ella podía hablar y no quería.
En una oportunidad el almacenero le dio un chupetín de regalo y ella se molestó tanto que le escupió en la cara, ante el escándalo de las viejas chusmas.

Ahora Martha, aparte de ser muda voluntariamente, era una loca agresiva.

En verdad nadie, ni sus propios padres sabían que fue lo que le pasó. La joven se lo llevaría a la tumba. Su madre no quiso vivir pensando que jamás volvería a hablar con su hija. No la escuchaba, no sabría jamás que fue lo que pasó, no sabría cómo se sentiría. Así que ambos padres hicieron que aprendiera el lenguaje de señas. Con el tiempo los tres pudieron asimilarlo. Si bien Martha nunca manifestó el hecho fundante de su mudez, logró volver a socializar, terminar el colegio y aprender a bordar. Con esto pudo emprender un pequeño negocio. Ella bordaba las cortinas, sábanas, almohadones, servilletas y manteles más elaborados y finos que yo jamás haya visto. Su clientela era muy selecta. Incluso con su arte, pude lucir mi pequeño vestido blanco de Bautismo, cuando tenía apenas un año.

Al cumplir los 50 años, la albina quedó sola. Sus miedos no la abandonarían jamás. El primer día después de la muerte de su padre, soñó lo que siempre temió. Volvió a tener 11 años y fue a la escuela como siempre. Iba correteando y a los gritos, atravesaba el pasaje Avellaneda cuando una mano musculosa la sujetó del cuello. La metieron entre dos hombres a una casa y la ataron a una cama. Le sacaron la ropa y le rompieron todo lo que tenía intacto.
En aquel momento, Martha rogó a Dios no sentir nada, no quería ver lo que el almacenero de su barrio tenía en los pantalones, no quería ser ella, no quería contar lo que le hicieron, ya no quería oler aquellos fluidos, ni quería escuchar esas risas macabras. Ya no existiría. Ella sería otra persona.

La semana pasada fui a la casa de mi abuela, en el Barrio Fuchs.
La abuela estaba en la ventana viendo a la gente pasar y cuando entré, sólo me dijo:
-Ayer murió la Muda Jones…-
-¡Uh! ¿La están velando?-
-No hubo velorio, murió sola- La abuela se incorporó en su silla y con pesadumbre agregó:
-Traé el cognac y sacate una copa- Ella ya tenía la suya en la mano. Yo se como se pone mi abuela cuando alguna mujer de su edad muere… sabe que ella puede ser la próxima.

La abuela volvió a rejuvenecer hacia los años 40 y sosteniendo la copa de cristal entre sus dedos, me contó que Dios a medias le cumplió el deseo a Martha Jones, antes de que pudiera ver algo, se desmayó. No sintió nada. No presenció su propia violación.

-Ese hijo de puta…- La abuela volvió a siglo XXI y sus dedos se arrugaron de nuevo, su voz se marchitó y la copa se puso opaca.

Cuando pude salir del viaje al pasado de la abuela, las dos brindamos por Marthita Jones.

¿Quiere leerlo de nuevo? Por favor entre aquí.


viernes 26 de junio de 2009

Andá, que yo me quedo

Ramiro se levantó de su corta siesta y se fue al baño. Se observó en el espejo y no supo que pensar. En su celular sonó el polifónico de ‘Henry Lee’ casi entero, hasta que por fin se dignó a contestar.

-¿Yas estas listo?-
-Ya voy-
-A las cuatro ya vienen los de la cooperativa-
-Bueno ya voy-

El joven se volvió a mirar al espejo y decidió no pensar más. No sabía como sentirse. Estaba cansado, quería dormirse y no despertar en una semana.

Le metió whisky a su café para tratar de cobrar algo de vida y en el kiosco de su barrio compró un Speed y cigarrillos. ‘Henry Lee’ sonó nuevamente, pensó que era su madre de nuevo, pero se encontró con la vocecita de su frágil hermanita.

-¿Rami, me podrías comprar agua y chicles?-
-Dale ¿Qué no tenés más crédito?-
-Ah no… vino Claudia-
-¿Eh?-
-Que Claudia está preguntando por vos, vení rápido-

Las cosas no podían empeorar más.

En el taxi se calzó los auriculares y se olvido de todo por un rato.

Llegó y se encontró con todos sus amigos del secundario. Hace poco que se había egresado así que le pareció grato que se solidaricen por él. Su mejor amigo estaba hablando con su mamá, cuando lo vio a lo lejos se acercó lo más rápido que pudo.
No hablaron, Gerardo solo lo abrazó y Ramiro de nuevo no sabía como sentirse.

-¿Ya lo trajeron?-
-Si, ya está todo armado. ¿No necesitas nada?-
-Quedate tranquilo, estoy bien, solo quiero que me ayudes con mi vieja y Juli. Por si se desmayan o algo-
-Si todo bien. Juli está muy fría, deberías estar con ella-
-Si, gracias Gerardo-

Gerardo se puso serio. No era propio de Ramiro agradecer. Ni tampoco obedecer, se sorprendió cuando se fue con su hermanita a hablar.

-¿Cómo estás?-
-…-

La niña solo miró al frente con el mentón alto y alzó los hombros como si nada le importara.
-Sos igual de tonta que él- Julieta lo miró enojadísima y entonces no se contuvo y lo abrazó. Puso la cabeza en el regazo de su hermano y mirando el cajón color cedro lloró un largo rato. Ramiro le entregó el agua y los chicles.
-¿Por qué estás tan amable conmigo?- La fina voz de Julieta se introdujo en el pecho de Ramiro, haciéndole bastante daño.
-Bueno, ahora que ya no está, te tengo que cuidar yo ¿No?-

Se hizo la hora y Claudia no se animó a arrimarse para hablar. Los de la cooperativa llegaron. El chico observó el coche fúnebre afuera y miró a su mamá que miraba a la nada. Estaba tan desconcertada como empastillada.

Ramiro contempló un largo rato el rostro blanco de su padre y se puso a pensar en la infancia que le había tocado. Se acordó de las retadas con una risa y cuando lo iba a buscar al jardín. Cuando se fueron de campamento con el curso y él tocó la guitarra en el fogón. Cuando se divertían los dos en las aburridas misas de la iglesia a costa de su madre. Por alguna razón desconocida no recordó las cosas más feas.

Cuando despertó de sus pensamientos, Gerardo lo agarraba del brazo para indicarle medio a la fuerza que ya era hora de terminar con todo eso.

A Ramiro le dio mucha indignación que todo pasara tan rápido. No se acordaba de nada. Prendió un cigarrillo y tomó el resto de agua de Julieta. Le preocupó que su hermana hubiera derramado pocas lágrimas. Su madre en cambio ya había llorado demasiado. Miraba extasiada y lista para lo peor.

El peso del cajón sobre su hombro no fue nada y cuando menos lo pensó, Gerardo lo dio vuelta para indicarle que el funeral era para el otro lado.

¿Cómo pudo morir tan de repente? ¿Cómo pudo pasar eso? Dos tipos vestidos con mameluco y armados con palas de jardín empezaron a partir la tierra. Todo se hizo más confuso. La gente gritaba y veía a su madre en las nubes que lloraba de nuevo. Viejos compañeros de la escuela lo acompañaban silenciosos tras él. Sus abuelas lloraban con las pocas fuerzas que les quedaban. Todo transcurría tan tranquilo y tenue que se golpeó duramente con la realidad cuando la pequeña Julieta empezó a gritar.

-¡No! ¡Ése es mi papá...! ¡No lo toquen...! ¡No lo entierren! ¡Pará hijo de puta!- La niña hizo frente al sepulturero.
-Ramiro…- Gerardo agarró a la niña que gritaba y lloraba sin parar.
Ramiro se dio cuenta donde estaba y de que al que enterraban era su padre. Ante su falta de tacto procedió a agarrar torpemente a su hermanita que luchaba entre los brazos de Gerardo, sin decir palabra. La niña ya hablaba por él.
-¡¿Porqué se murió?! … ¡Quiero que esté vivo! ¡Quiero que esté vivo!- La tierra ya estaba por la mitad de la fosa y Julieta todavía insistía en sacar el ataúd de ahí. El chico sólo atinó a sostener los bracitos de la niña, sin decir nada. Vio a Claudia que lo miraba llorando y la evitó.
-¡No! ¡Ramiro saquémoslo de ahí!- Julieta se volvió hacia su hermano y este se conmovió por las lágrimas furiosas que emanaban del espíritu de su guerrera hermana. Se arrodilló para estar a su altura. Entonces la versión original de ‘Henry Lee’ sonó en el celular de Ramiro en medio del silencio de la tarde soleada.



‘Henry Lee’ le puso la piel de gallina.

Si la furia de esa canción maldita sonaba sólo podía significar una cosa.

Que su papá estaba vivo. Y que además lo estaba llamando.

Porque el original ‘Henry Lee’ era el ringtone de su papá…

Ese fue el peor detonante que Dios le pudo haber enviado. Recordó a su padre. Se sintió vacío y pequeño. Se sentó en el piso y se puso a llorar como el niño que aún era. Vio como la tierra se agolpaba en la fosa hasta ser cubierta de flores y lloró a los gritos.

A lo lejos, Claudia se iba del cementerio. En medio del silencio matinal, dos aullidos de hijos sin padre en forma de llantos furiosos la asustaron. Sintió culpa de irse sin despedirse, pero lo hizo de todas maneras.

Julieta se fue primera con su mamá y así lo hicieron todos sucesivamente. Hasta que Ramiro quedó solo con la tumba. Se agachó levemente, miro el cartel negro con letras blancas y dijo su secreto en voz no demasiado alta sintiéndose terriblemente feliz:

-Por fin estás muerto y enterrado… hijo de puta…- Volvió con la multitud llorando. Y por dentro tarareaba el 'La, la, la, la, la' de la canción de su celular que ya llegaba a su fin.

viernes 12 de junio de 2009

Sobreviviendo al impacto

Aquel viejo panzón se dio vuelta hacia Nahuel, el más chico.
-Para mañana tenemos empanadas de sombreritos…- Su gruesa voz resonó en la cocina.
El niño lo miró ingenuamente y se puso feliz. Las empanadas de sombreritos eran lo mejor.
-Y adivina que…-
-¿Qué?- La sonrisa del niñito se acentuó.
-Nos faltan los sombreritos… así que vayan mañana temprano-

Con mucha expectativa, Nahuel y sus dos hermanos Uriel y Fabián, se encaminaron hacia lo alto del Balcón del Paraíso. Iban escoltados por Brisa, la cachorra siberiana. Lo mejor era la ida porque caminaban libres de carga. Uriel, iba adelante junto con Nahuel y Fabián y Brisa los seguían sin apurar el paso. Los caminos a la playa eran bastante entretenidos, siempre se encontraban cosas interesantes para hacer: cazar lagartijas, tirar piedras al infinito y carreras, en todas esas cosas los aullidos de la perra avivaban a Nahuel. Uriel recuerda hasta el polvo que levantaba aquella noble cachorra gris, entre los matorrales y el calor seco. Ella sacaba la lengua y hurgaba juguetona entre los arbustos. Todo era tan brillante que los cuatro parecían pegados en una postal de turismo del Cerro Chenque.

Bajaron los cuatro correteando por el Infiernillo, aterrizando en la estación de Servicio Eureka, ubicada en pleno Chenque, cerca del Chalet Huergo.
Como Nahuel era muy chiquito Uriel, como hermano mayor tomó la decisión de pasar por el túnel que une el Cerro Chenque con la playa sin pasar por la ruta. Los autos nunca frenarían si el pequeño o Brisa se interpusieran en el camino. El túnel los escupió justo en el sanjón de bienvenida a la playa. Ahí había botellas de whisky, bolsas de plástico, preservativos usados y latas de cerveza desgastadas por el sol.
Los cuises que vivían ahí los espiaban a sus espaldas. El olor de los matorrales secos penetró en las fosas nasales de los animados pibes. La caminata era pesada pero valía la pena.
Fabián sacó las bolsas de nylon que traía en su mochila y la red por si había cornalitos en algún pozón.
Se pusieron en fila para pasar el último y más peligroso paraje y una vez en la cima de los precipicios, ya se encontrarían a salvo. La altura sobrepasaba los 10 metros y todo resultaba peligroso. Incluso para Brisa.

-Llegamos-
Ambos se asomaron a aquel precipicio que los mareaba. El mar furioso golpeaba la orilla bien al fondo, allí, donde los pescadores se veían como pequeñas hormigas expuestas a que los humanos las pisen.
-¿Vamos al otro?-
-Si… dale-
Se asomaron, Uriel esperó ver la marea baja, lista para extraer aquellos frutos de mar. Se acordó de las empanadas de sombreritos y se entusiasmó. Nahuel apoyó el pecho en el piso dejando la cabeza al descubierto en las alturas. Si se quedaba parado, era capaz de caerse. Fabián en cambio tenía más seguridad en si mismo y no se mareaba. Esperó a Uriel y las bolsas, bien parado en la orilla del precipicio, sin inmutarse.

-¡Mira!- Fabián apuntó a lo lejos hacía abajo, hacia la parte verde de la marea baja. Nahuel miró siguiendo el hilo imaginario que salía del dedo de su hermano.

Finalmente Uriel se asomó y la vio.

La vio.

-¡Uh! Mirá, hay una mina re en pedo ahí- Fabián reía y su voz resonó en aquel precipicio. Nahuel, no dijo nada y miró a su hermano mayor sin parpadear.
La chica estaba ahí, en la soledad de la playa. El sol le hacía brillar el cabello oscuro, tieso y largo. Tenía los brazos extendidos a sus costados, como abrazando el cielo. Cayó de espaldas, sobre una roca de poco volumen. Sus ojos estaban desorbitados y estaba a punto de llorar.

Uriel la miró para asegurarse de que no estaba imaginando cosas.
Nahuel se tapó la boca y los ojos con las manos.
El silencio reinó.

El mayor pensó que las personas se veían como hormigas desde aquella altura. Pero pudo ver con claridad los rasgos de aquella chica. Era joven. Y tenía los ojos abiertos.
El menor pensó que aquellos ojos que miran al cielo azul y blanco con las espesas nubes y sus pájaros, no descansaban en paz. No. El del medio se sintió tonto al pensar y afirmar que auténticamente esa mujer estaba durmiendo ebria.
Ella no era flaca, ni tampoco gorda. Vestía una campera y unos jeans claros. Juntos, el mayor, el menor y el del medio se dieron cuenta que el impacto de la caída con el musgo de la marea baja, hizo que unos de sus zapatos leñadores se le saliera, volara por los aires y cayera a unos metros del cuerpo.
Nahuel se agitó y observó las rocas gigantes que había al final de ese acantilado. Se horrorizó. Le dolió el estómago. Fabián contempló las piernas de la chica, levemente flexionadas y bajó la mirada hacia el suelo. Uriel notó que la mujer estaba mojada en la entrepierna, y se dijo a él mismo que si cayera por ahí alguna vez, seguramente haría lo mismo.

-¿Qué vamos a hacer?- Fabián comenzaba a asustarse. Primero decidieron hacerse los tontos. Pero se fijaron que había algunos pescadores merodeando a lo lejos.
-Seguro que ni la vieron- Uriel decidió.
-Seguro que fueron ellos- Fabián deliberó. Nahuel levantó la mirada rápidamente y Brisa lo percibió. La paranoia se apoderó de ellos por un rato. Uriel decidió no bajar y volver al puente que daba con la ruta, con la esperanza de que el hijo de puta que había hecho eso no se topara con ellos.
Fabián no quiso ir de nuevo por el Chenque, alguien podía matarlos. Nadie quiso exponerse. Nahuel agarró un cable en el túnel y lo rodeó sobre el cuello de la ahora asustada siberiana gris. No tenía experiencia en andar en la calle todavía.
Tan pronto como se adentraron al costado de la ruta, el conductor de una camioneta desfiló pesadamente delante de ellos y los miró sugerentemente. Uriel lo recuerda muy bien. Los ojos de ese tipo hicieron que lo atacara un miedo monstruoso.

Bordearon la ruta sin hablar, tenían demasiado miedo. Sólo se escuchaba el ruido de los autos pasando salvajemente, los lloriqueos de la cachorra y el resoplar de Nahuel, quien intentaba aguantarse el llanto, era demasiado par un niño de 9 años como él.
Una vez en el centro de la ciudad, fueron al trabajo de Darío, su hermano mayor. Le contaron lo que sucedió y éste no les creyó. Era desesperante. Darío se preocupó y después de cerciorarse de que esa mujer de la que sus hermanos le hablaban no estaba durmiendo o borracha, llamó a la policía; ante el horror de Fabián, quien pensaba que los culparían a ellos. El hecho en sí le parecía demasiado sospechoso.

Esa misma tarde, el descubrimiento de los chicos fue reafirmado y anunciado efímeramente en el final un programa de radio. Nada de nombres. Nada en las noticias. Nada en los diarios. La policía no llamó a Darío como prometió para informarle que pasaría con lo que vieron sus hermanos.

La familia no comió empanadas de sombreritos esa tarde, ni tampoco durante algunos años. Los chicos no volvieron a la playa nunca más. El miedo duró alrededor de un mes. En ocasiones Uriel soñó a su madre y a su hermana dormidas en la misma posición que el desencajado cuerpo de la mujer, con los brazos extendidos al cielo, la larga cabellera oscura desparramada a su alrededor y el cuello desplazado de su lugar. El miedo monstruoso volvía y el corazón le latía demasiado rápido.

Nota: Aunque esta historia es la continuación de Bienvenida al Pucca Club! los acontecimientos son reales. Ocurrieron hace más de 10 años.

martes 19 de mayo de 2009

El enojo gratis de la naturaleza

María Luz era la gritona. Venía desde la esquina con sus botas taco alto, divertida y extrovertida. Sebastian venía junto con ella. Ambos llevaban porrones de verde en las manos y venían bastante borrachos. Se habían conocido en un pub hace algunos fines de semana. Eran las 5 de la mañana, y no querían terminar la noche todavía.

María Luz estaba en cuarto año de contadora pública en la universidad. Sus viejos la bancaban desde Santa Cruz. En general era una buena chica, aunque la mayoría de sus compañeras no la soportaban, era pretenciosa, egoísta y de cabeza increíblemente cerrada para su corta edad. No tomaba mate porque creía que la saliva contagia el Bacilo de Koch, no tomaba agua de la canilla porque estaba sucia, no iba a las reuniones con las amigas porque no quería comer porquerías y demás mariconadas.

A los ojos de María Luz, Sebastian era lo más croto del mundo. Pero muy atractivo. No sabía porqué Sebastian se había fijado en ella. Quería averiguarlo.

-Che, esta birra está re buena…-

-¿Viste? Yo te voy a educar para que aprendas a tomar, nene… cuando estás conmigo nada de Quilmes…-

-¿Palermo tampoco?-

-Bien fría zafa, pero no se…-

A María Luz le fascinaba que Sebastian no prestara atención a su complejo de chica posesiva y mandona. Él era bueno.

-¿Tomamos un remís?-

-¿Tan rápido me querés fletar?- María Luz hacía pucherito.

-No nena… pero mañana tengo que trabajar…- Sebastian no sabía que pretendía la princesa ahora.

-Y no vayas nada…- María Luz lo miró hablándole en serio.

-Bueno, pero con una condición- Sebastian prendió el cigarrillo haciéndose el interesante.

-Que ¿Me vas a pedir que te ruegue?-

-No… no soy como vos, no necesito eso-

-¿Y que necesitas?-

-Rompé esa vidriera y yo falto mañana y hago todo lo que vos quieras. Seré tu esclavo todo el finde, baby…- Sebastian se preparaba para irse a pata a su casa después de deshacerse de la princesita ególatra. Empezó a caminar solo por la Rivadavia. No tenía tiempo de boludeces y menos de darse el lujo de faltar por una chica que no le iba a dar nada.

Cruzó la calle y dejó el porrón en el piso. Antes de ponerse los auriculares sintió el gran estallido de vidrios en plena avenida Rivadavia. Los autos con sus choferes y pasajeros borrachos de la noche comodorense festejaron el disturbio.

Sebastian estaba estupefacto todavía con las manos en los oídos, un ruido familiar se oyó a lo lejos. Escupió el cigarrillo y corrió de nuevo hacia María Luz, quien lo miraba con cara de triunfadora.

-¡Lo hiciste desgraciada! ¡No puedo creerlo!- Sin dejar de correr agarró a su princesa de la mano y la arrastró antes de que la cana llegara.


Se fueron los dos juntos. Sebastian cumplió con el trato y no se arrepintió.


Sambá se encontró con la sorpresa, se instaló con su puesto de bijou y su maletita, como siempre.

-¿Quién ha hecho esto a su ventana?- Preguntó al dueño del comercio.

-Pendejos de mierda, Sambá-Estaba alterado. Totalmente colorado. Tenía una bandeja de facturas y las comía sin remordimiento. Le ofreció una a Sambá

-No querés, gracias-

-No seas así negrito, agarrate una factura, ahora traigo unos mates- Sambá rió y aceptó una de dulce de leche, exquisita. Siempre temió que el dueño de la esquina lo echara, pero eso nunca pasaría. Era sábado a la mañana y todo estaba muerto. Había un poco de sol, para reconfortar el mal sabor de los vidrios rotos.

El viejo salió con un escobillón, y empezó a barrer los restos de vidrios.

-Los de la alarma me llamaron a las 6 de la mañana-

-¿Está acá desde esta hora?-

-Si che, una mierda, jajaja- Rió mientras sacaba un sorete de algún perro.

-Yo poder ayudar al señor-

-Nah, ya fue…, pero haceme un favorcito, negro-

-Lo que usted quiera-

-Andá a comprar más facturas…-


En el camino Sambá levantó el porrón de Heineken medio lleno que yacía en la vereda. A media cuadra había otro similar, eran los únicos. Era suficiente.


El lunes a la tarde Sebastian llegó a su casa totalmente destruido. Pensó en su fin de semana y no podía dejar de sonreírse a sí mismo. Su hermano menor lo miró algo sorprendido.

-¿Qué te pasó?- Preguntó el pequeñín. Sebastian lo ignoró y pensó que su cansancio era un mal necesario. La princesa, era una verdadera princesa con todas las letras… y pensar que casi la dejo ir…


A Sambá lo criaron como un pescador, entre las Islas Salomón, Oceanía. Desde niño le enseñaron a honrar a los espíritus y a practicar fielmente su religión. Vaya donde vaya. En cualquier lugar, debía rendirle el culto a su manera. La tradición dice que se debe invocar ayuda a través de los espíritus.


Sebastían recibió un mensaje:


“Kmo llegast? Jaj!”

“Bien y vs kmo kedaste?”

“Comganas d k vengas de nuev :)

“Ya voy a ir no t preocupes princesa!”


Al joven Sambá jamás se le hubiera ocurrido pedirles a los espíritus que le hagan daño a alguien, pero tampoco creía que pudiera vivir tranquilo sin la protección de su tierra. Él podría ser el próximo, estaba más que claro. Recordó que sus antiguos vecinos sentían mucho cariño por los espíritus benevolentes.


“Sebas, sabés k?”


-Buenos días señor…-

-¡Negrito! ¿Todo bien?-

-Si, quería preguntar si sabe ya quien hizo eso a su ventana-

-No… pero la policía no hace nada, hice la denuncia pero viste…-

-Ellos son los que sangran de por vida- Sambá se puso serio, en cambio el dueño…

-No hablés huevadas Sambá, vamos a tomar unos mates….


“K princess?”

“Voy mañ al médic, no puedo parar d menstruar”


Mientras Sebastian contestaba el mensaje, su hermano se asustó y gritó por toda la casa.

-¡¿Sebas que te pasa?!- Sebastian lo miró sin entender.


El oído de su hermano había empezado a sangrar.


martes 21 de abril de 2009

Los Vicios en La Plata

29 de Marzo de 2009.
El Teatro.
La Plata

Mucho calor. Insoportable, aquella señora llamada Stella Artois no estuvo a la venta. Porquería.
La carta plastificada sirvió de abanico. A pesar de estar a más de mil kilómetros de Comodoro, divisé a los mismos de siempre y me deprimí mucho.

Algunos pibes de gruesas gafas indies, criticaron a las bandas soportes.

-Como que no shuena mucho…-.

Me entretenía viendo a los fantasmagóricos pendejos. Gesticulando soberbiamente cual viejas a la hora del té.

Que aburrimiento lareputaquemeparió

Putié en silencio a una chica distraída que me pisó. La recuerdo por su cámara de fotos profesional. Miré mi cámara pedorra y aquel resentimiento de secundaria revivió. Siempre me pongo así en las vacaciones, soy bien turra, además de pelotuda.
Calor, calor.
-Ahh si, desde el año pasado vienen amenazando con un aire acondicionado- La muchachita nos dejó la Quilmes y se disculpó. Nos miré a todos y éramos los más transpirados. Aunque horrible la birra, pasó como agua.

-Vamos a hacer otro tema…- ¡No!

Estaba tan ocupada quejándome de todo y de todos que no escuché cuando Titín Naves se subió al escenario y dijo:

“Besaré… las humedades de tu cuerpo
y tu boca,… de muerte…
Y tu cuerpo… derrumbándose, besaré…

Automáticamente me levanté y reviví. Me olvidé de los ahora sorprendidos intelectualoides pendejos.

“Apocalíptico carnaval devorador de tus sueños

Apocalíptico carnaval devorador de tus sueños…

Como la gente se mandó adelante, me colé con ellos. Creo que la banda estaba un poco nerviosa.

“Ensombrecidos
por un mar de saliva y sangre

Clandestino

Pogo, una bandera de Comodoro Rivadavia y muchos coros. Decididamente fue bueno, más de lo esperado. Al parecer los pibes de la ciudad del viento hacemos aguante.

“Morderé…
con la bronca que le sobra a este cuerpo…

La primera vez que los veo en vivo.

“Clandestino.
…Clandestino.
Clandestino,
Clandestino…”


Les dejo Pájaro Negro (Alakrán Márquez y Shaman Herrera en guitarras y Marcos Azocar en la trompeta), se ve mal y se escucha mucho peor.




Esa que dice “Bravooo” al final soy yo.

viernes 20 de marzo de 2009

Bienvenida al Pucca Club!



Elizabeth es la más chiquitita de sus hermanos y hermanas. Consentida de la abuela junto al mar del Stella Maris. En la escuela es la única que no pone para las fotocopias. Es la nena menudita del guardapolvo grande. Es una cabecita negra, como le dice Carlos, su compañero de banco.

Ellos maldicen secretamente a la seño. Los juntó adrede sabiendo que no se soportan. La seño Marta es la única que sabe que Carlos se arrepentirá toda la vida de sus palabras hacia Elizabeth, una vez que los bichos de las hormonas lo piquen… ella tuvo un compañero de banco igual, disfrutó su dulce venganza al no corresponderle… ese era su regalo secreto para Elizabeth, niña de ojitos chinitos y carita redondita.

-¡Cara de Pucca!- Carlos sentenciaba todos los días ingeniosas analogías para tratar de ofenderla. Pero Elizabeth siempre fue víctima de las burlescas palabras de todos sus hermanos varones, desde que tuvo uso de razón… ‘Vos me vas a venir a hablar a mi…’ pensaba para sus adentros, y se limitaba a seguir poniendo aquella cara graciosa.

-Los chicos del comedor vengan acá, así les tomamos los datos- La cocinera irrumpió en el aula, y los chicos miraron a la maestra:

-Hagan caso, terminan y vienen enseguida- Elizabeth se levantó y con algo de vergüenza, enfiló para la puerta.

-Muerta de hambre…- Escuchó el susurro de Carlos. ‘Guacho de mierda…’. Se acordó de las palabras de su madre ante las burlas de sus hermanos mayores: ‘Eli, dejálos nomás… no les hagas caso…’. No podía soportar tener que callarse ante semejante insulto, quiso contestar y vio la cara de satisfacción reflejada en los ojos claros de Carlos. También se acordó de que recién empezaban el año y no podía hacer una escena con la seño nueva y todos los compañeros, sólo le iba a dar la razón a Carlos y su cara de infeliz. Todos iban a creer que ella era una chimanga de la cloaca del Stella, que no tenía celular y todos sus hermanos eran unos negros igual que ella. Desde el año pasado venía aguantando sus humillaciones, ya lo pagaría…

Salió al pasillo con frente y mentón bien altos. Cuando terminaron con la cocinera, pidió permiso para ir al baño. Entró y se miró al espejo, abrió la canilla y se mojó un poco la cara. Entró al baño. Una vez allí se horrorizó cuando al terminar miró el inodoro… el agua estaba roja, el agua tenía sangre. ‘No puede ser’. Se miró la bombacha… ‘¿Me voy a morir? ¿Por qué tengo sangre? ¿Qué hago?’.

Mientras pudo, reaccionó y volvió a la cocina.

-¿Lucecita que pasó?- La señora se asustó al ver llorando desesperadamente a Elizabeth. Ésta no podía hablar, no podía explicar lo vergonzoso de la situación.

Así que fueron las dos hasta el baño y la señora entendió…

-Tranquilizate que no pasa nada, eso es algo natural, a todas las mujeres nos pasa… no llores más. Vamos hasta la enfermería que la seño Laurita te lo va a explicar…-

La seño Laurita la miró embelezada -¿Cuántos años tenés?- Preguntó tajantemente. Elizabeth dio un suspiro ya calmada –Cumplí 10…-

-Es tan chiquita…- Miró a la cocinera y después a la niña de ojitos chinos- Vení sentáte acá…-

En el aula, la seño Marta copiaba enérgicamente en el pizarrón. Los pocos chicos que asistían al comedor ya habían vuelto, todos menos Elizabeth.

La seño Laurita irrumpió amablemente la clase, algo nerviosa. Carlos la miró enseguida.

-¿Seño Marta podés salir un ratito?-

-Quédense tranquilos un rato que ya vengo- Al salir miró a Carlos de reojo.

Las tres seños se juntaron en la enfermería y le explicaron las ‘bondades’ de la menstruación femenina a la ahora sensible Elizabeth. La serenaron y contuvieron. Como la seño Marta era la única que tenía auto se ofreció a dejarla hasta su casa. Viajaron las dos en silencio.

Al llegar se bajó un ratito y conversó con su mamá sobre lo que había pasado. Le dijo que no se preocupara por si Elizabeth seguía sensible:

-Ella pensó que se iba a morir- La mamá abrió los ojos grandes.

-Yo todavía no le hablé de esto porque es muy chiquita, recién cumplió los 10 años-

-Si, nos imaginamos. Pero no se preocupe, que ya está mejor-

-Todas sus hermanas tuvieron el primer periodo recién a los 14 años…-

-Parece que las chicas de ahora se hacen señoritas más temprano…-

Mientras tanto, la enfermera Laurita reemplazaba a la señorita Marta y fue a vigilar a los chicos al aula. Ya había pasado bastante tiempo desde que Elizabeth se había ido. Carlos se sentía incómodo. Al final no pudo más y preguntó:

-¿Señorita, que le pasó a Elizabeth?-

-Se sintió mal y la fueron a dejar a su casa- Carlos se preguntó si fue por lo que le había dicho antes de irse al comedor. ‘Pero no, no creo’.

Al día siguiente y ya de mejor ánimo. Elizabeth salió de su casa, saludó a su abuela a la distancia y se dispuso a ir al colegio.

Era un camino medio largo, pero estaba acostumbrada a transitarlo siempre. Esperó un rato en la esquina para cruzar la ruta 3, mientras pensaba que debía soportar otra vez al molesto niño rubio. Después pensó que había demasiado viento.

El guardapolvo se agitaba alrededor del cuerpo de Elizabeth, esto le dificultaba el paso. Se calló de rodillas. Se levantó bien rápido y se examinó la calza blanca… ‘Mierda, parece que me lastimé’. Llegó al boulevard a verificar la gravedad de su herida. ‘Me raspé’. Sólo atinó a chuparse el dedo con un poco de saliva y depositarlo en la rodilla raspada, aunque empeoró las cosas. Así como nada, la chiquita de ojitos chinitos saltó al asfalto cuando apareció un auto blanco de la nada y la golpeó.

Elizabeth se desorientó, el auto frenó, pero era muy tarde. El golpe la hizo volar junto al viento. En el aire se acordó de su mamá Rosalía y de todos sus hermanos, Alberto, Clara, Agustina, Sandra, Ricardo, Marcos, y los mellizos Julián y Carla. A pesar de que a veces la peleaban, ella los quería mucho. Se alegró mucho al acordarse de su abuela.

Cinco metros después, entre el viento seco y el sol, la niña de ojitos chinos y carita redondita quedó tirada en el suelo. Se acordó lo que la seño Marta le dijo una vez: Cuando uno tiene un accidente es muy peligroso moverse, uno tiene que esperar a que lo vengan a mover, lo tiene que hacer otra persona que sepa. Si uno se mueve solo, puede empeorar las cosas. Si se mueve muy rápido, se puede mover algún hueso de la espalda o el cuello y nos puede lastimar más.

Elizabeth obediente no se movió ni un centímetro.

Escuchó que el chofer del auto blanco se bajó, pero no se acercó. Sintió algo caliente en sus mejillas. Percibió difusamente el ruido de la puerta del auto y una señora que puteaba:

-¡Hija de puta! ¡No te escapes infeliz! ¡Puede ser tu hija!-

Más voces.

-¡Que no se escape!-

-¡Sacále una foto…!-

-¡La patente…!-

-¡No!-

Volvió a sentir la rueda del auto blanco bien cerca de su cuerpo. Quizás fue sólo al costado o arriba, nunca lo supo.


Antes de formar, la seño Laurita habló con la seño Marta. Carlos las miraba desde la fila, pispeó alrededor… Elizabeth no estaba. ‘No va a venir, nunca llega tarde’.

La señorita Marta se tapó la boca y Carlos se desesperó al ver que se abrazaron levemente. Otra maestra también escucho y se adelantó a dejar a media asta la bandera celeste y blanca. Todos los chicos vieron a algunas maestras que se limpiaban los ojos con sus pañuelos descartables y otras hablaban por sus celulares.



-…lo último que le dije fue que era una muerta de hambre- Las lágrimas arrepentidas de Carlos rodaron por sus mejillas por enésima vez.

-Eso ya pasó hace 4 años, y no fue tu culpa, ya lo hablamos- El terapeuta se preocupó por el muchachito de ojos claros, esto solo demostraba que después de tanto tiempo de trabajo sólo volvieron donde estaban al principio. Los avances de casi 3 meses a la basura.

-Voy a buscar a esa hija de puta y la voy a matar-

-No entiendo… hay algo que no me decís o no querés asumir... ¿Que significaba Elizabeth para vos?

-Cuando ella faltaba yo me aburría mucho… ella me soportaba todos los malos tratos, todos los días, era valiente, yo no soy valiente…-

-Al asumir tus problemas sos muy valiente. Pero hay algo que me estás ocultando. Te voy a hacer una pregunta ¿Elizabeth te gustaba?-

Carlos lloró un largo rato, se calmó, pensó en la pregunta y enfrentó a aquel viejo pelado. Pronunció primero la S y después la I, como si recién aprendiera a hablar en serio por primera vez.

-Si.-

-Bien ¿Recordás algo más de ese día? Repasémoslo de nuevo- Carlos decididamente quería hablar de eso, el doctor sabía la historia casi de memoria.

-Antes, ese día yo le dije que tenía cara de Pucca, y se rió muchísimo- Carlos se quebró nuevamente.

-¿Pucca? ¿Qué es eso?- Un dato nuevo.

-Es un dibujito coreano… que tiene ojos aplastados y cara redonda, como ella…-

-¿Y que le quisiste decir con eso?-

-Que ella era linda y simpática... como Pucca…-



Carlos se levantó temprano, no iba a ir al colegio.

Atrás de Carlos, la empleada doméstica recién levantada lo siguió.

-Carlitos… querido, tu mamá me dijo que se tiene que tomar esto- Carlos la miró, Beatriz tenía el frasco de pastillas en una mano y un vaso con agua en la otra. La mujer estaba muy preocupada, eran las 6 de la madrugada y no sabía que planes tenía Carlitos.

-Me las tomo solo porque vos lo decís… si es por esa vieja bruja…-

Carlos miró la portada del diario: “Atropella a niña y se da a la fuga”.

Otra alma con recuerdos que duran 5 metros, otra familia destruida. ‘Otro hijo de puta ha nacido’. Quizás otro pretendiente oculto con sentimientos sin madurar había quedado solo, sentado en algún banco doble de colegio.

Otra más, otra niña más al montón: ‘Bienvenida al Pucca Club…’


Continúa en Sobreviviendo al impacto.

sábado 7 de marzo de 2009

No hay nada más dificil... que trabajar en tu recital

‘Salimos a las 14, comemos, nos cambiamos y volvemos a acomodar a la gente’.

Eran las 10 de la mañana. Y las sillas no estaban… las sillas no estaban. Nosotras las pusimos, nosotras pusimos casi 5000 sillas.

-Somos 16- Nos dieron las identificaciones. La mía decía en letras bien grandes: “ACOMODADORES”. No volvimos a cambiarnos ni nada. Los del Ministerio de Trabajo vinieron a censar el trabajo en negro. Nos tomaron los datos a todas, sacaron fotos, y nos grabaron trabajando. Pero ellos no hicieron que nos pagaran lo que corresponde. Nosotras lo hicimos.

-Vengan a buscar la comida- Un hombre que se volvió muy entorpecedor para nuestro trabajo, nos llamó. Algunas chicas fueron y volvieron con trapos para limpiar las sillas… o sea, encima que nos hicieron ponerlas también teníamos que limpiarlas. Como nuestra coordinadora se negó a que también les coloquemos los precintos, los hombres de seguridad lo hicieron, de onda.

-¡No sé para que limpian las sillas! Si después del recital… ¡Húmedas van a quedar! ¡El que venga a sacarlas mañana se va a tener que bancar una baranda a pescado!-

Nueve horas y media después terminamos de poner todas las sillas junto con otras personas que colaboraron.

Abrieron las puertas.

-Prefiero estar en un clásico de huracán y Newbery que acá…- Un policía comentó medio en broma, medio en serio.

Se hizo de noche y entre el ida y vuelta de gente y sillas divisé a una señora que parecía completamente perdida, con entrada en mano, así que me acerqué, le dejé en su asiento; y le dije lo que a todos:

-Disfrute del show…- Cuando le dí la espalda, aquella mujer me agarró bien firme del brazo… pude sentir como sus uñas pintadas al rojo vivo me traspasaba el sweeter gris. Me asusté. Me clavó la mirada y con toda la seriedad del mundo me preguntó con imponente voz:

-¿Ya vino?- ‘¿Qué? ¿Me está jodiendo? Con todo el trabajo que tuvimos… No se ni como me llamo ¿Y quiere que le diga si vino?’ Lo cierto es que no le vimos ni los pelos al señor que se presentaría esa noche, casi me reí de aquella ilusa viejita, pero descubrí que hablaba completamente en serio… y pensé que ella estaría desde las 5 o 6 de la tarde haciendo la cola…

-Me acaban de informar que hace algo más de 30 minutos, el señor Solís ha ingresado al estadio- La señora abrió la boca pero no le salieron las palabras, me dejó ir lentamente. Y recién en ese momento comprendí que esa sería una larga noche. Me alejé hacia mi punto de encuentro con el público: ‘Verónica, sos bien turra y mentirosa’, me reprendí a mi misma.

-¿Cuándo empieza?-

-¿Puedo ir al baño?-

-¿Marco Antonio vino a hacer la prueba de sonido?-

-El señor va a tener que cambiarse de lugar, estos asientos están vendidos-

-¿Se puede fumar?-

-¡Nena, vení acá!-

-¡Esto es una vergüenza! ¡Haceme el favor de llamar a alguien para quejarme!

Recuerdo que guié a 5 señoras que venían juntas, se notaba claramente que eran amigas del barrio, familiares o compañeras de trabajo, les indiqué sus asientos, se sentaron y mientras me alejaba, escuché a la distancia sus gritos cholulos, cual princesas de 15 años en sus cumpleaños.

Arrancó el recital y la gente todavía ingresaba al estadio, algunos habían pagado por los menos $200 y quedaron sin ubicar.

Aunque era de noche, tenía las mejillas calientes por el sol de la tarde, había frío, después calor. Suspiré y me senté en el césped del estadio: ‘No quiero más’.

El artista movía los hombros y las chicas gritaban. El artista cantaba en tono agudo, y las chicas gritaban. El artista tomaba cuidadosamente los objetos y prendas que las chicas les tiraban. El artista bailaba la coreografía con las bailarinas y las chicas empezaban a perder la voz. Las chicas se subían en las sillas y gritaban todo el tiempo. El artista ha concedido juventud al target de viejas de mierda de entre 40 a 55 años por 2 horas completas. Caras desorbitadas y eufóricas. Ya no importaron las sillas juntas y sucias, que fueran más grandes o chiquititas, que estuvieran unidas con molestos precintos y que los sándwiches de miga salieran como $10. Que los baños químicos fueran limitados o que les haya tocado un lugar en lo más lejano de la tribuna… las pantallas no acaparaban los culos y tetas de las exuberantes bailarinas, Solís fue dueño y señor, a por ellos fueron las chicas… la hormona femenina llegó a su clímax esa noche. Se manifestaban en gritos y aullidos. Osos de peluche, vinchas y sombreros mexicanos, imágenes de Solís cual Jesús con la túnica de River Plate.

Al final nos quejamos porque querían pagarnos una porquería. Eso se arregló, por suerte.


‘Si él no hubiera venido… sería tan feliz…

Pero si no hubiera venido… al menos 5000 chicas hubieran sido tan tristes…’


Tres días después, las placas de mi garganta me tienen en la cama... angina y vamos por más...