La niña creció entre voces unidireccionales que realimentaban el ego, su reinado se terminó a los nueve años, cuando la mamá anunció la llegada de un hermanito. La niña cruzaba los dedos para que otra bebé venga a jugar, pero ahora el robot, el futbol y los autitos ya tenían dueño. La llegada de un hermanito y la mudanza a un barrio nuevo fueron letales para la niña.
Los humos de Cintia fueron apagados con un balde de agua fría. Nada de habladurías, ni llantos, nada de ropa, ahora había que ahorrar y lo peor de todo, compartir.
Ella tomó la costumbre de dirigirse la vida en contra de los gustos y preferencias de su madre. Llevarle la contra era una diversión que disfrutaba mucho… tanto, que se aguantaba las consecuencias. Una contestada significaba ser la única comensal en no tener helado e irse a dormir sin mirar dibujitos. ‘Llevate una campera’ significaba cuantiosos mocos recorriendo una naricita marchita. Callarse la fiebre era algo estratégico y también trajo sus consecuencias a largo plazo. Amaba que ella la viera con malestar y le diga: ‘Seguro que te estas haciendo, te vas igual’ y aguantarse todo el colegio para luego tener que ir a la guardia del hospital con 40 de fiebre y faltar por 3 días.
Lo peor de la situación era que Georgina, la madre, contestaba con testarudez casi tan infantil que la propia hija. Se declaró así, una guerra implícita en la casa. Todo estaría bien, mientras las batallas no fueran demasiado duras.
Pero si lo fueron. Hasta que una noche todo estalló. Madre e hija se odiaron mutuamente en la cocina. Cintia terminó con rasguños en la panza, seguido con una sarta de potentes trompadas en los pechos y en la cara.
-Desde que estabas en la panza me hiciste sentir mal-
-Ya lo sabía, me lo decís todos los días-
Georgina concentró todas las amarguras de su vida en los brazos y estranguló a su hija. Entre pataleos y gritos, la chica decidió no defenderse. Era la excusa perfecta para nunca más volver. Cintia no era ninguna santa, cuando ya no pudo respirar, la alejó sin esfuerzo arrancándole un mechón de cabello rubio. Cuando eso pasó, Georgina agarró un tenedor de la mesada y lo clavó sin piedad en el brazo izquierdo de Cintia. Eso marcó el fin de la enfermiza relación.
En contadas ocasiones la adolescente tuvo la intención de hacer las paces, pero no sabía como hacerlo. De todas maneras, la madre no la tomaría en serio realmente.
Cintia se fue de la casa con el primer salame que encontró, y aunque al principio la pasó mal, pronto se amoldó a no hacer gastos y curtirse. Construir una vida propia. Otra vida que no incluía a su madre, sólo a sus hermanos y a su padre que la visitaban una o dos veces al año.
Una adulta Cintia se bajó del auto y observó la casa a la nunca había vuelto. Su antigua casa. Hacía más de 14 años que no había estado ahí. Ni siquiera para las fiestas.
A cada paso se miraba reflejada en el vidrio de la puerta y se lamentaba de los años perdidos, de los sobrinos que nunca disfrutó, de los cumpleaños, Navidades y Años Nuevos que no festejó y de las disculpas que nunca pidió.
Se dio cuenta de que fue presa de un orgullo sin fundamentos y que se estaba liberando en ese momento, cuando ya no valía la pena.
Un chico alto abrió la puerta sin darle tiempo a prepararse para golpear. Era su sobrino.
-¡Eh! ¡Es la tía! ¡Mamá!- Su hermana mayor se acercó con un bebé en brazos y se sorprendió al verla. Cintia todavía estaba desconcertada. Ambas se miraron y se abrazaron. La mayor le susurró al oído un secreto.
-Pensé que no venías, estás cambiada, che-
-¿Cómo se llama esta hermosa bebé?- Dijo la menor tratando de evadir la conversación.
-Se llama Cintia- Sonrió dándole la sorpresa- Pasá, que quiero que conozcas a mi marido, ¿Qué querés tomar?-
-¿Le pusiste Cintia como yo?- Ella miró a su alrededor sin poder creerlo.
-Si, fue idea de mamá…-
Era desconcertante, Cintia no podía creer que la vieja haya hecho eso. Ciertamente hacía mucho que no la veía. Es más, no fue ni al funeral de su padre para no tener que aguantar nada. Hizo la pregunta del millón entonces.
-¿Vino?-
-Más vale que está acá, es su casa.
Se dio vuelta y ahí estaba su mamá.
Cintia no quiso mostrar debilidad, así que evitó hablar para evadir el llanto.
-¿Cindy, sos vos?- La vieja tanteó el aire con las manos, vestía un pañuelo en la cabeza y tenía ojeras por las quimioterapias. Estaba vieja y flaca. Estaba débil. Esa vieja desconocida que le hablaba era su madre y se estaba muriendo. Su mamá se estaba muriendo y era casi seguro que su deterioro era culpa de ella. Se sintió la peor mierda del mundo cuando la vieja se acercó con la dificultad de un perro viejo a saludar a su dueño.
Sólo un suspiro entrecortado y las lágrimas se le escaparon de los ojos.
La vida le pegó en la herida. Su vida le pegó el tenedor en donde más le dolería: su mamá. No se esperaba eso. Sólo esperaba que su madre estuviera como siempre, nada más que más vieja. Que siguiera con los pelos rubios que tanto odiaba, por eso ella se los teñía de negro. Que tenga los brazos fuertes que la estrangularon cuando joven, no esos huesos con la piel colgando. Que tenga la mirada enérgica que la intimidaba, no esos halos apagados que miraban hacia ningún lugar.
Ella no quería eso.
La madre estiró los brazos y Cintia se calzó en ellos sin entender que era todo eso.
-Cindy…
perdoname... yo no sé...
en que momento...
te perdí…-
Cintia lloró.
Un mes después de aquella visita, la madre murió, y lo cierto es que en el testamento de la familia, Cindy no figura como heredera. Pero cuando fue al ginecólogo y la médica le preguntó si tenían antecedentes de cáncer, la paciente respondió:
-Si, mi mamá-

